June 18
De la mano de Matt Groening, los seis integrantes de
la familia Simpson –contando al abuelo, obviamente- vieron la luz en 1989. Años
más tarde se transformaron en la mejor serie de dibujos animados existente y se
ganaron la fidelidad de millones de televidentes alrededor de todo el mundo.
Sin embargo, después de varias temporadas, hoy se puede decir que la calidad
del espectáculo está por tocar fondo. ¿Cómo hicieron los guionistas, directores
y productores para que Los Simpsons
decaiga tanto?
No sé si hay muchas explicaciones al caso. En mi
opinión, el deterioro arranca en el año 2000, cuando el creador de la serie
deja la participación activa en la caricatura para hacer sus primeros pasos con
Futurama. Desde ese entonces, Los Simpsons son una mierda.
El humor es pésimo, los guiones cada vez más estúpidos
y de a poquito están arruinando todo lo bueno que tenían los personajes. Últimamente
ya ni lo estoy viendo, pero hasta donde llegué antes de finalmente cansarme
pude comprobar los siguientes cambios, entre muchos otros: Homero pasó de ser
un ídolo y referente para toda una generación a convertirse en un terrible mogólico,
Moe perdió toda la magia que tuvo en alguna época, el papel secundario e
ingenioso que cumplía Lenny lo exageraron y, lejos, lo peor de todo... ¡Barney ya
no es más un borracho, ahora toma café! ¡¿Qué están haciendo, por el amor de
Dios?!
Les pido encarecidamente que paren con esta masacre.
Denle un final a la serie, por favor. Ya ni pido que sea digno -la dignidad la
perdieron hace 6 o 7 temporadas-. Matt Groening hizo a Los Simpsons a modo y semejanza de su propia familia, a la que le
estableció el mote de familia tipo americana. Bueno, si yo fuera el hermano o
el padre de Groening, hace rato que me hubiera suicidado.
NOTA: Le agradezco a Julio -ídolo del pueblo y todo un sabio del tema- la idea de la nota, que me dio hace un tiempo en una profunda conversación. Como diría el borracho de Policías en Acción, "eto e' para vo'".
June 11
Que las mediciones de pobreza son arbitrarias y
dificultosas no es una novedad. Sin embargo, la crisis del sistema de
estadísticas en la República Argentina llegó a su tope y para combatirla, el
Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) estrenó una nueva
metodología de cálculo, pero los resultados no fueron los esperados.
El nuevo criterio de evaluación arrojó una inflación
de 0,6 por ciento en el mes de mayo y las críticas no se hicieron esperar, ya
que los números no concuerdan con otras mediciones privadas que indican una
inflación mucho mayor.
El novedoso sistema del INDEC redujo los productos a
ser analizados de alrededor de 800 a 440. Este cambio es justificado por las
fuentes oficiales como un modo de obtener información precisa sobre la
inflación que afecta al pueblo según la actual forma de consumo.
Entre las principales modificaciones al antiguo
esquema, se destacan la mayor incidencia de los bienes, que ahora representan
un 62% de la muestra, por sobre los servicios, que pasaron del 47 al 38 por
ciento. Por otro lado, el centro estadístico afirmó que “se introdujeron
innovaciones, tales como la utilización de canastas móviles para aquellos
productos con alta estacionalidad”.
Finalmente, el nuevo método se llevó a cabo y
determinó que los valores de la Canasta Básica Alimentaria (CBA) y de la Total
(CBT) registraron durante el mes citado bajas del 1,67% y 1,07%,
respectivamente. Como explicación a estos datos, los funcionarios responsables
aludieron al retroceso en los precios de los alimentos, aunque esto no conformó
a los sectores del organismo que continuaron la protesta por las
irregularidades registradas en los últimos tiempos. La solución no está a la
vista y el INDEC sigue hundido en conflictos internos que, al parecer, no
tienen salida.
June 04
“Es la aberración de querer pasar al otro lado, ese momento que nunca debería llegar si uno decide pertenecer a la casta del fan”, así busca Julián Gorodischer establecer con claridad el límite al que dedicó mayor atención en Golpeando las puertas de la TV.
Daniel Molina, quien escribió el prólogo, define al autor del libro como “un antropólogo cimarrón”, ya que se involucra en la cotidianeidad de los fanáticos, se mimetiza con sus historias y sus mentes y llega a lograr una confusión entre su propia opinión y la ajena. De ahí que el resultado no es un libro de investigación periodística, sino más bien un análisis experimental de un determinado grupo de personas.
En el primer capítulo, Gorodischer recuerda una anécdota de su infancia en la que, distraído y fascinado por un programa televisivo, vuelca un vaso de gaseosa sobre el sillón. Ante la situación, su madre dijo unas palabras que lo marcaron para toda la vida y que pueden considerarse el puntapié inicial para la escritura de su trabajo: “tonto hasta para ver la tele”.
El redactor del diario Página/12 busca retratar en su obra ese frágil límite entre “estar adentro o quedarse afuera”, lo que implica cruzar el umbral del espectador común de un programa de televisión para volverse un fanático y hasta soñar con participar en él. Es por esta razón que Gorodischer no se define a sí mismo como ajeno a las patologías de estos seres, sino que se inmiscuye en el asunto y muestra su faceta frívola. Toda esta investigación lleva a la pregunta fundamental que se plantea el autor y que quiere responder con este libro: ¿Por qué y para qué existen esas personas que golpean constantemente las puertas de la TV?